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Desmoronamiento en la ladera del río, sobre la cuenca alta, al
norte de la localidad de Tartagal.
Foto: Greenpeace. |
Desde la inundación del
norte salteño del año 2006, varias ONGs venimos denunciando que la
misma es producto de los desmontes que se vienen perpetrando sobre los
bosques nativos. En efecto, las empresas madereras abren caminos de
más de cinco metros para llegar hasta los árboles más valiosas (cedro,
roble, lapacho, cebil y quina), instalar sus campamentos y aserraderos
y bajar los rollizos. La ampliación de la frontera agrícola también va
comiéndose el monte y las petroleras multinacionales que trabajan en
la zona no dudan en aportar su granito de arena, ya que abren muchos
caminos, dejando troncos desparramados por el cerro, además de usar
una “prospección sísmica” mediante explosiones a diez metros de
profundidad. Todo ello, va sumándole fragilidad al cerro.
Al perder la vegetación
típica del lugar, la estructura de las laderas se vuelve cada vez más
inestable. En efecto, sin retención suficiente, se acelera el
escurrimiento superficial: con poca retención y excesivo
escurrimiento, las crecidas no se regulan. Se ha dicho que el
ecosistema es dinámico y puede reponerse, pero ante la explotación
indiscriminada no tiene capacidad de cicatrización suficiente para
reducir el impacto de abundantes lluvias en tan poco tiempo. En estas
condiciones, con grandes crecidas, el resultado es el desastre que
estamos sufriendo en Tartagal…
Sabemos, según datos de
la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, que
entre 1998 y 2002 la superficie deforestada en la provincia de Salta
fue de 194.389 hectáreas, mientras que entre 2002 y 2006 se duplicó la
superficie desmontada, alcanzando las 414.934 hectáreas. Esto la
convierte en una de las provincias con mayores niveles de
deforestación del país.
Pese a ello, los
desmontes en la provincia aumentaron notablemente: durante 2007, en
plena discusión parlamentaria de la Ley de Bosques, la provincia de
Salta autorizó el desmonte de más de cuatrocientas mil hectáreas. La
situación salteña es de tal magnitud que varios de estos desmontes
fueron suspendidos, en diciembre pasado, por la Corte Suprema de
Justicia en de la Nación, tras un amparo de comunidades indígenas.
Con el cambio de
gobierno del año 2006 parecieron llegar vientos nuevos en el área
ambiental de la provincia, peor la por entonces Secretaria de Política
Ambiental, Catalina Buliubasich, duró en su cargo apenas unos meses,
al enfrentarse a poderosos intereses –especialmente sojeros- parando
desmontes en enormes propiedades: tuvo que renunciar.
El 13 del corriente la
Sra. Presidente, Cristina Fernández, firmó el decreto que reglamente
la Ley de Bosques, más de 14 meses después de la sanción de la ley,
cuatro días después del aluvión que destruyó cientos de hogares en
Tartagal y en vistas a que el próximo 18 de febrero se realizará la
audiencia pautada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación que
accedió al pedido de comunidades indígenas y campesinas del norte de
Salta y ordenó frenar los desmontes autorizados a fines de 2007.
Esta reglamentación fue
definida sin la participación de las ONGs que sí habían sido actores
fundamentales en el diseño de la Ley. Asimismo, el ordenamiento
territorial propuesto para esa zona de la provincia, apenas si
establece la intangibilidad de las reservas ya existentes (Acambuco y
Piarforn, altamente perturbadas por la actividad humana) y una pequeña
margen de los ríos, algo absolutamente insuficiente para una zona de
montañas con una alta estacionalidad.
Desde la Red Yaguareté
celebramos la reglamentación de la ley, un logro enorme en materia de
conservación de nuestros bosques nativos, y tenemos en claro que
ahora llega la parte más importante: la correcta implementación en el
terreno, ahí donde habitualmente fallamos en la Argentina. Esta es una
oportunidad enorme, donde incluso hay muchas vidas humanas en juego,
la catástrofe de Tartagal es la prueba de ello.