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Por Franco Vacarezza, de San Fernando.
Fotos: Ing. Marcela Sánchez.
PLANES
La
tarde se había comido las fuertes claridades que azotaron el
bosque, y la noche había envuelto a la tarde firmemente. Dormían
las botas sobre la madera colorada y las mariposas se agolpaban
sobre la tela de la puerta.
Marcela
y Martín analizaban a la luz del farol el mapa del Arroyo los Antas y
tomaban nota de los aprestos y víveres de la aventura en canoas. A
medida que se acercaba el momento nuestras incertidumbres se
hinchaban ¿Qué tal si el arroyo desbocado topaba con un dique
natural de ramas y vegetación muerta? ¿Qué tal si dábamos con
personajes poco amigables? Además, mi idea inicial de acampar a
pleno monte se me había ablandado hasta a mi mismo, ¿cerca del
arroyo, allí sobre el declive, y en una eventual noche de lluvia?
Por todas esas razones, diagramamos un recorrido de 25 kilómetros
que tendríamos que remar antes de las siete de la tarde, cuando daríamos
con el puente de la Ruta Nacional 16.
A
la tarde del día siguiente caminamos a casa de Valentín para
ajustar los últimos detalles, cuando por el camino nos enfrentamos
a una camioneta blanca de logo “Caa Güi Yara”. Un joven colono
misionero y tres nativos de Buenos Aires, que eran vecinos nuestros
desde Colonia Fracrán venían a visitarnos.
Evaluamos
la posibilidad de que fueran parte de la travesía. Revisamos las
canoas y los remos mientras caía el sol y una fina capa de nubes
empezaba a mezclarse en la atmósfera de modo muy sospechoso.
Merendamos el fruto de güembé y nos desplazamos hasta el galpón de
tabaco donde nuestro cuidador anticipó la lluvia para el día
siguiente. Que todos los pozos de agua se hubiesen secado era signo
irrefutable de tempestad. La presión había bajado. El canto de las
chicharras se hacía ensordecedor cuando bajamos la selva hacia las
cabañas. Había todo un desafío por delante.
HACIA
LAS PIEDRAS
Atamos
fuertemente las canoas y nuestros tambuchos con comida y mudas secas
al cachapé de Valentín. Subimos a él y empezamos a desandar los
12 km. hasta un sitio que los lugareños conocen como “La
Barra”. La tormenta seguía nuestro paso tortuoso. Al abandonar
las últimas casas la selva se cerró de modo notable y la huella
quedó sumergida bajo el pastizal. Hubo que desjarretar algunos árboles
muertos con la motosierra y encarar ciertas bajadas muy complicadas
con extremo cuidado.
Pasadas
las 10 el tractor llegó hasta “La Casita”, un rancho abandonado
e incendiado en las inmediaciones del Arroyo Las Piedras. Adentro
pudimos recoger restos de cartuchos, aunque bastante viejos.
Le
echamos un vistazo al primer tramo del Arroyo Las Piedras. A un
lado, un inmenso fuentón de verde y clara agua calmada y al otro
unas suaves correderas (1). Valentín nos deseó suerte y sin apagar su
cigarro quitó su tractor del agua y desapareció monte arriba junto
a su hijo Antonito.
Inmediatamente
gobernado por el entusiasmo me hice cargo de la canoa verde con El
Gallego y con extremo cuidado la deslizamos sobre las correderas
hacia el primer tramo del río que se presentaba navegable.
Sin
quitarme las zapatillas ni los pantalones largos me adentré en ese
arroyo de agua tibia y esmeralda. Nadamos, tomamos los remos y
finalmente acompañamos los botes al vadeo. Martín y Marcela ya habían
descubierto grandes huellas de gato en las orillas, "son del
Tigre", dijo José, el único misionero del grupo, que
increíblemente para nosotros andaba descalzo como si caminase por
el patio de su casa.
Bajamos
nuevas cascadas, pero tras los minutos la paciencia también se
mojaba, y la canoa se golpeaba un poco más fuerte y continuamente,
eran también frecuentes los resbalones y el macheteo de los
primeros sarandíes entreverados en el curso. Ese constante agacharse
y tironeo de las canoas sobre entre las caprichosas piedras y rocas
forzaba la cintura y producía de tanto en tanto algún corte en la
yema de los dedos. Sin embargo el hecho de estar venciendo ese lugar
casi inexplorado, casi virgen y tan fantásticamente silvestre nos
ponía íntimamente a la altura de alguno de los primeros
exploradores de nuestros territorios cuando ellos también supieron
ser inexplorados, prístinos e ingobernados.
Inmediatamente
a la par del remo volaron las primeras parejas de golondrinas no
identificadas, martín pescadores y arañeros ribereños. La
tormenta se iba acoplando detrás nuestro e ingresamos en un abra
mansa y encajonada promediando la mañana. Los nubarrones y la
prominente selva trastocaron todos los colores y el río cobró una
intensidad que rozaba con la negrura; inmensos paredones se
cirnieron sobre el río con sus pelucas de líquenes y árboles
gobernan.
Remé
un tanto más lento, se avecinaba la lluvia. El arroyo era realmente
profundo en ese lugar, el bote parecía sobrevolar blancos troncos
sumergidos. Voló una pareja de anós (Anodorhynchus glaucus) y sobre el recodo, donde se
apostaban inmensos muros de selva, una lejana claridad iluminó. En
nuestro lugar una intensa lluvia comenzaba a caer y rayos de
oscuridad de filtraron por la ribera. En un momento uno podía
elegir si estar remando sobre un arroyo misionero o un río a la
vera de los alerces patagónicos. El frío y la negrura, la lluvia y
los colores eran un indómito paralelismo.
Todo
tramo de remo terminaba en nuevas correderas y cascadas, la maniobra
de apeo se iba repitiendo con más frecuencia y los tramos
navegables se acortaban. Vana era nuestra esperanza de llegar
definitivamente a un río navegable.
Martín,
Marcela y yo nos intercalábamos
la tarea del remo, aunque por la tarde Martín casi se adueñó y
por el atardecer yo me hice responsable de continuar.
Cruzamos
otros lugares calmos y abiertos, entre ellos una unión de arroyos
sobre la cual debimos haber partido originalmente, era el Arroyo
Las Antas, límite sur de la Reserva Yaguaroundí.
Por
momentos yo abandonaba el bote y me sumergía al nado en aquellos
brazos profundos, lleno de energía y sin medir por entonces lo que
empezaba a imaginar sería un periplo mucho más desafiante y
extenso del que habíamos planificado sobre la sombría mesa de la
cabaña de Yaguaroundí.
Hicimos
a un lado los botes sobre una playa de piedra y comimos algunas
barritas de cereal. Martín todo el tiempo buscaba huellas y rastros
de animales y Marcela andaba detrás de unas raras orquídeas. El
cielo estaba calmo pero gris, no hacía calor. Pensé que secarse al
costado del arroyo era un error muy grande, porque volver luego a
adentrarse al agua sometía al cuerpo a un nuevo cambio de
temperatura.
Hacia
las 14, con un chaparrón declarado, nos detuvimos a comer. Allí sí,
todos sufrimos del frío por primera vez. Bajo la humilde protección
que brindaba un árbol, le comentaba a Miguel Ángel mis pronósticos
agoreros sobre los tiempos del viaje. Martín opinaba que la unión
de arroyos que habíamos dejado atrás parecía ser la que el mapa
marcaba cercana al punto final. En tal caso ya habíamos hecho más
del 60 % del recorrido, pero no teníamos precisión respecto de
ello, por lo que, precautoriamente, convinimos acelerar algo la
marcha.
Difícilmente
puede adjetivarse de monótono el andar por el medio del monte vírgen,
pero era muy decepcionante en nuestra situación no encontrar
continuidad en el recorrido; denodadamente seguíamos arrastrando
las canoas y el placer de la contemplación era un conjunto de pequeños
intervalos. Aún así, dimos con recodos y sitios monumentales,
donde el testimonio de gigantes caídos y peñones de roca blanca
que daban lugar a nuevas filas de árboles atraían nuestra atención
y nos conmovían una y otra vez.
Hacia
las 16, momento en que arreábamos los botes por una ancha y baja
corredera, divisamos restos de mandioca arrojados en la playa de
piedra lateral y pudimos sentir el humo que venía desde un pique
del monte vecino. Entre la vegetación un caballo relinchó y el
testimonio de una poca (También llamada corzuela o venado:
mazama americana) carneada en un miserable campamento de palos
y lonas, nos puso sobre aviso que estábamos en presencia de
cazadores, tal vez uno sólo.
Martín
demarcó la zona con su GPS y Marcela tomó algunas fotos. Esto era
para mí un descubrimiento más impactante que las huellas del gato
onza (también conocido como Ocelote, Leopardus Pardalis) o los rastros de
un Carpincho (o capibara, Hidrochaeris hidrochaeris) que Martín había localizado en
un albardón de piedra unas horas atrás.
Ya
nos estábamos retirando del paraje cuando alguien acotó sobre la
estera de cañas del cazador, indicio de una vida brutal y dolorosa,
de sórdidas y solitarias noches de monte.
Ya
no llovía. El sol comenzaba a salir por el cauce encajonado, pero
era demasiado tarde: bastante bajo ya, era devorado por la noche y
éramos devorados por la noche.
Seguimos
arrastrando los botes por esa sucesión de rápidos, pero entre la
incipiente oscuridad y acompañados por los primeros signos de
extenuamiento, un silencio se adueño del grupo, que siguió
impasible. Completamente mojados iniciamos el tramo de remo
nocturno, interrumpido por sucesivos golpes en rocas semisumergidas
e invisibles que también aprovechaban la bruma del arroyo para
camuflarse. El haz de mi linterna nos mostró el interior del bote:
agua, desperdicios, botellas de achique y arañas, muchas pequeñas
arañas.
De
pronto los tres muchachos comenzaron a festejar la aparición de un
puente. Un perro ladraba desde la orilla. Habíamos llegado. El
misionero José se abrazaba con el Gallego revolcándose en el
oscuro agua del paraje. Empecé a remar más rápido, mientras Martín
con los ojos fijos en esa estructura de madera -casi medieval, diría-
martilló “éste no es el puente”.
No
importaba. Chorreando agua caminamos doscientos metros hacia el
corazón de un pinar donde desde una casa se veía el resplandor de
un fogón. Dos muchachos salieron –esperé que nos ofrecieran algo
para beber o nos invitarán a pasar la noche- y nos dijeron que
nuestro destino, el puente de la ruta 16, donde nos esperaba un camión,
estaba a más de un día de recorrido.
PEREGRINAR
“Yo
soy ese cantor
nacido en el carnaval
Minero de la noche traigo
la estrella de cuarzo del Culampajay”
(Jorge
Cafrune – “La Zamba de los mineros”)
Solamente
con un gran esfuerzo hecho entre cuatro, pudimos sacar los botes
sobre las respingadas orillas de piedra lisa.
Decidimos
que era hora de abandonar las canoas –ya bastante maltratadas por
cierto-, además de los tanques, las balsas hechas de cámaras
infladas (que flaco favor nos habían hecho) botas, remos y parte de
lo recolectado durante el día. Comenzamos una tarea de selección de elementos que llevaríamos y aproveché
la pausa para quitarme los pantalones y medias mojadas. Valle abajo
se había plasmado el desgarbado perfil de la selva contrastado por
la luna y la bruma que incendiaba con misterio aquel paraje. Nos
alistamos definitivamente poniéndonos unos pilotos de lluvia que
cubrían hasta los tobillos y que disimulaban bastante bien el revólver
y el machete que llevaba.
Estábamos
volviendo a un camino firme con rumbo cierto –al menos era lo que
pensábamos en aquel momento- y eso había traído algo de alivio
entre la tropa aún contra los caminos empinados y oscuros,
barrosos. Hablábamos animados y yo disfrutaba del paisaje de
ondulados e iluminados pastizales ya de lleno por un cielo con luna y
goteado de estrellas.
Ante
una oscura entrada de estancia compartimos las últimas barras de
cereal observados por los primeros alucinados manchones de selva que
despuntaban en lo alto de la colina que no terminábamos de vencer.
El río había quedado ya muy lejos como demostración de que la
expedición había fracasado en unos cuantos aspectos.
La
Ruta 15 es sencillamente un huella de tierra y piedra extendida
entre la Ruta 14 a la altura de Fracrán y la ciudad de Montecarlo
sobre las orillas del Paraná, probablemente para que algunos
camiones movilicen parte del ganado y la madera que ciertos
estancieros poseen por esas solitarias extensiones de Misiones;
durante esa noche siempre había creído estar caminando los campos
y montes desiertos de un poderoso terrateniente conocido por
llevarse muy mal con los
Yaguaretés y vecino de Caa Güi Yara (2). Justamente, “los verdaderos dueños del
monte” habían desaparecido por el camino y lo último que vimos
de ellos fueron tres señales de luz que hicieron desde la lejanía.
A
la vera del camino, en el que ya predominaban dos márgenes de selva
a unos 20 metros, hallamos un camión dormido con una carga de
rollizos nativos (3). Ahí, en ese lugar sin nombre ni señales.
Cada
rato me preguntaba si Valentín sería capaz de comunicarse con
Gendarmería para dar aviso de nuestra desaparición. Las
condiciones estaban dadas, ya que disponía del equipo de comunicación
en su chacra y siempre había desconfiado del éxito de la excursión.
Habíamos transpuesto el
sobrado margen para el retorno a la Reserva, y como si ello fuera
poco, el camionero que nos esperaba sobre el solitario puente de la
ruta 16 debió haber visto desplegarse las estrellas sin que por el
arroyo Los Antas bajara rastro alguno de vida.
Al
mismo tiempo nos dábamos cuenta que sólo éramos tres en el
camino. Habían pasado horas sin tener referencia de Ferdinandus,
José y El Gallego. Rastreamos sus huellas para chequear si
efectivamente seguían su caminata por la huella o alguno de los
ignotos piques que se habían abierto hacia la selva los llevaron a
desviarse, en ese caso, íbamos a desandar solos sin darnos cuenta.
Martín pareció ver alguna pisada en el suelo reseco, cosa que yo
no pude, y luego dio orden de volver a dormir, razón por la cual
probablemente haya ganado el mote de “jefe nato”.
Nos
apilamos a lo largo de la huella, intercambiando algunas palabras y
opiniones sobre estrellas, pero al cabo nos quedamos en silencio y
arreciaron algunos minutos de silencioso y frío sueño. No sabíamos
que a menos mil metros hallaríamos vida humana.
Temblaba
de frío otra vez y me alegró escuchar que Martín y Marcela
susurraban sobre la posibilidad de seguir caminando. Al preguntarme
si estaba despierto, me incorporé un tanto con la dificultad de los
temblores.
Si
bien habían pasado ya larguísimas horas desde aquella mañana en
que habíamos comenzado la travesía -que en nuestras mentes tan
cansadas se asemejaban a días-, el ánimo siempre había estado muy
alto aún en las peores desazones, y una muestra de ello eran
algunos chascarrillos antológicos que hilvanamos durante todo lo
que llevábamos recorrido. Ahora íbamos algo más callados pero al
hallar las huellas marcadas sobre el barro de nuestros compañeros,
otra vez nos volvían los entusiasmos de caminar.
Vimos
una luz potente y misteriosa al llegar al primer pinar en tantos kilómetros
y cuando ya se habían disipado otra vez las ganas de bromear.
Marcela no dudó que eran quiénes buscábamos pero no recuerdo si
el “ya llegamos” era de su autoría o cruzó algún momento por
mi pensamiento.
Ver
a los tres muchachos, incluído un misionero de buena madera,
descansar helados bajo un pino, era para anotarse una nueva profunda
decepción.
Los
estábamos esperando. Nuestra reserva queda yendo por este camino,
pero ya tendríamos que haber llegado, hicimos más de ocho kilómetros.
– Dijo Fernando.
¿No
estaremos caminando para Montecarlo? – pregunté otra vez.
En
aquel momento, en que estábamos otra vez todos reunidos, pedí que
el grupo no se separara más. Y al rato, aparecieron a la vera
algunos extensos tabacales y enormes secaderos que nos traían
lejanos ladridos de perros. Una buena señal sumada al alivio de
repartir la desgracia entre seis. Marcela no estaba bien, aunque en
aquel momento pensaba que Martín la abrazaba durante la marcha
porque padecía de la frescura de la noche de serranía, en realidad
se le dificultaba caminar porque estaba cerca del desmayo.
Transcurrió
algún kilómetro más, y de pronto uno de los muchachos encontró
el acceso a Caa Güi Yara, marcada por una austera chapita de bronce
clavada a un árbol.
Descendimos
por un camino embarrado y oscuro, que solamente mi linterna de
vincha, llevada al cuello, podía iluminar de a ratos. Cruzamos un
tabacal y fuimos a dar a un opaco ranchito delimitado por unas
cercas de rama, la antesala de Caa Güi Yara.
Nos
sentamos en unos pequeños bancos y pequeños tocones de madera
ubicados en la galería del ranchito. Martín se apresuró en pedir
sal y un vaso de agua para Marcela que estaba a punto de
desplomarse.
El
rancho de Caa Güi Yara (en guaraní “verdaderos dueños del
monte”) se sostenía en un punto muy elevado de la serranía desde
donde podía verse un interminable oleaje de selva por varios kilómetros
a lo largo y ancho. Pero recién estaba clareando por la loma del
tabacal, como eran las cinco de la mañana la frescura de la noche
ya era un frío declarado y nuestros pies descalzos, embarrados y
adoloridos estaban con una extraña sensibilidad.
El
Gallego hervía agua en un pequeño calentador, mientras Fernando
nos arrimaba una tortas fritas y se disculpaba a cada momento por la
humildad de la posada. Es que toda esa noche habíamos especulado
con llegar a ese imaginado sitio para dormitar un poco en el piso y
beber algún mate nocturno y, estar ahí al final, era un hecho que
no merecía ningún perdón por parte de ellos, más bien éramos
nosotros quiénes nos sentíamos algo avergonzados por nuestros
errores de cálculo.
Marcela
estaba un poco mejor. Lo había hecho bien durante toda la aventura,
mas no quería felicitarla porque me lo atribuía como un acto de
machismo, “¿por ser mujer?” me preguntaba. ¡Qué tontería!
Atilio,
que se había quedado en Caa Güi Yara macheteando bajo una furia de
granizo que había azotado Colonia Fracrán, había destapado una
sidra fría añejada misteriosamente en la casa.
La
aventura, con final feliz, como lo esperábamos. El interrogante
eran las del mayor o menor número de peripecias y el horario de
llegada. La unión de grupo, una inédita fortaleza física y un
positivo brillo mental a lo largo de 24 horas nos habían alejado de
víboras, picaduras de insectos, yuqueríes, heridas pesadas y
desgano, y la recompensa estaba ahora en esa casa sobre el monte,
intercambiando las primeras ideas a futuro, unos mates y tortas
fritas. En definitiva era muy poco el cansancio, el frío matinal y
las heridas en los pies como para opacar la hazaña interselvática.
Franco Vacarezza.
Reserva Privada
Yaguaroundí.
- Ver
Mapa satelital de Misiones con la ubicación relativa de la
Reserva Privada Yaguaroundí, donde se llevó a cabo la travesía.
Los pié de página y las itálicas las agregamos para aclarar o representar hechos o datos que pueden ser desconocidos por muchos o tener diferentes significados en otros países donde hay miembros de la Red Tigrera, como los nombres científicos para identificar animales mencionados con nombres de uso local o regional.
1.- Correderas se llama en Misiones a
las partes de cursos de agua que presentan menos profundidad y por
las que el agua "corre" de manera más evidente,
generalmente debido a que las piedras y rocas del fondo sobresalen y
el aguar parece desplazarse con más velocidad. Como habrán
percibido en el relato, son muy frecuentes.
2.- Caa Güi Yara significa "Los
verdaderos dueños del monte" en lengua Guaraní, la etnia aborígen
propia de Misiones, pero en este caso, da nombre a un pequeño
refugio privado de 33 hectáreas ubicado cerca de Yaguaroundí, en Fracrán, que fue
el destino final de la travesía.
3.- Los Rollizos no son otra cosa que
troncos de árboles cortados, en este caso, con algún fin comercial
y correspondían a especies vegetales nativas, es decir,
autóctonas.
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Red
Yaguareté.

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