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El gran gato se desliza sigiloso entre la
espesura, donde la oscuridad de la noche lo envuelve por completo.
Como un fantasma, atraviesa lianas, enredaderas y arbustos con
espinas que salen a su paso, pero él se dirige resuelto a su
objetivo. El fuerte olor a perro lo atrae de manera irresistible,
especialmente ahora, después de cinco días sin comer. La chacra ya
está a la vista. El yaguareté hace el último rodeo. De pronto, la
jauría estalla. Se enciende una luz. El gringo Cicowsky manotea su
vieja escopeta y sale a la galería. El tigre ruge con furia. Los
perros se le abalanzan. En el entrevero, quedan dos cuzcos
despanzurrados. El rey del monte intenta la huida, pero ya es
demasiado tarde: dos balazos alcanzan para tumbar a la fiera. Un
yaguareté menos en la selva misionera...
Son tiempos difíciles para el más grande de los felinos
americanos. Donde antes había monte, ahora hay chacras. Donde había
tapires y corzuelas, sólo quedan vacas y perros escuálidos. Y el
hombre. Siempre el hombre, quien parece estar en todas partes. En un
tiempo no muy lejano, el Iviraretá o país de los árboles alcanzaba
para todos. Esta selva verde esmeralda, que abarca casi la totalidad
de la provincia de Misiones, llega a cubrir el sur del Brasil y
parte del Paraguay. La selva misionera (que en la Argentina recibe
también el nombre de paranaense), si bien no tiene la riqueza de la
amazónica, consiste en una masa boscosa de 3.000.000 de hectáreas de
superficie y nada menos que entre 20 y 30 metros de altura. Aquí, el
clima es subtropical, con precipitaciones que orillan los 2100
milímetros y se distribuyen más o menos regularmente durante todo el
año. Los fuertes rocíos nocturnos también aportan humedad al
ambiente. La temperatura media anual es de 20ºC, aunque la máxima
puede llegar a los 41ºC (la mínima llega a tener, a veces, valores
bajo cero).
Los suelos son de coloración rojiza, bien drenados y con poca
materia orgánica. En estas condiciones y con el aporte esencial del
calor de la luz solar, la naturaleza alcanza su máxima expresión. En
este inmenso invernadero se desarrollan cientos de especies de
plantas, cuyo crecimiento casi lujurioso termina por dar forma de
palacios y catedrales a vastos sectores de la selva.
Entre el suelo y el borde superior de esta masa verde, la
vegetación se presenta en forma de estratos. Así se tiene el estrato
del dosel, que es el "techo" de la selva, formado por las copas de
los árboles medianos que, en su competencia por la luz solar, se
entrelazan formando una capa de follaje de 10 a 20 metros de altura.
De tanto en tanto, árboles gigantes de entre 30 y 40 metros emergen
de ese techo, recortando su copa como enormes coliflores.
El conjunto de estas "coronas" vegetales recibe el nombre de
estrato de los emergentes. Entre estas especies se encuentra el
ibirá pitá, el incienso, el timbó y el ya escaso palo rosa.
También hay árboles de tres a diez metros de altura, que forman
el estrato intermedio y cuyas copas no llegan a tocarse. Aquí,
además de los ejemplares jóvenes de las especies de árboles altos,
también se desarrollan otras como la grácil palmera pindó, el aguay
y el laurel amarillo. En un ambiente de penumbra está el estrato
arbustivo, caracterizado por la presencia de cañas como las
tacuarembó y tacuaruzú, arbustos, helechos y renovales de árboles.
Pastos y otras hierbas forman el estrato herbáceo. Hay plantas que
vinculan algunos estratos entre sí, como las trepadoras (enredaderas
y lianas), que se abrazan a los árboles a la manera de soporte en su
camino a la luz solar. Las epífitas se adhieren con fuerza a los
troncos y ramas de los árboles, absorbiendo la humedad del aire.
Sobresalen las orquídeas y las bromeliáceas, como los claveles
del aire. La gran diversidad de especies contrasta con la baja
densidad de cada una de ellas.
Fauna
Sin embargo, flores y frutos se hallan presentes durante todo el
año, lo que favorece la supervivencia de la variada fauna que se
alimenta de ellos. Tucanes, tangaráes, loros y surucuáes entre las
aves hacen de los frutos del dosel su principal sustento, mientras
que diferentes picaflores viven del néctar de las atrayentes flores.
La abundancia de insectos es aprovechada por muchos pájaros,
incluyendo a los carpinteros y picapalos que recorren las ramas en
busca de toda clase de bichos. Ciertos mamíferos, como las
comadrejas, osos meleros, coendúes y monos caí, se desplazan en lo
alto gracias a la ayuda de sus colas prensiles, que a manera de
quinto miembro se aferran a los árboles con singular destreza.
También los carnívoros, como el osito lavador, el coatí y el
hurón, han debido adaptarse para trepar en busca de sus presas. Al
pie de algunos árboles se acumulan deliciosos frutos y es allí donde
se dan cita tapires, pecaríes, corzuelas, pacas y agutíes. Aquí
existen también felinos de bello pelaje, como el ocelote y el
nombrado yaguareté o tigre americano, que se halla al tope de la
pirámide alimentaria.
En los arroyos y ríos todavía se ven tortugas acuáticas y hasta
yacarés overos. Mariposas multicolores y de gran tamaño completan un
elenco faunístico sin igual. En la porción norteña de la selva
misionera abundan los gigantes palos rosas y el codiciado palmito. A
partir de los 500 metros sobre el nivel del mar se encuentran la
araucaria o pino paraná y la yerba mate. Las primeras pueden
alcanzar los 40 metros de altura y constituyen pequeños bosques.
En las cercanías de los cursos de agua se presenta una formación
llamada selva en galería, que se extiende a lo largo de los cursos
de ríos colectores de la cuenca del Plata y, con menor diversidad,
llega hasta el delta del río Paraná, en la provincia de Buenos
Aires. Aquí las especies de árboles más comunes son el laurel, el
ceibo, el sauce criollo y el aliso. |
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LA SELVA AMENAZADA En 1950, la selva misionera
ocupaba una superficie de 2.200.000 hectáreas. Cincuenta años más
tarde, se halla reducida a la mitad. En esta provincia, la
explotación forestal se centró originalmente en unas pocas especies,
entre las que se destacaban el cedro, el lapacho y el petiribí.
Estas "maderas de ley" se enviaban como grandes jangadas flotantes
hasta los puertos asentados sobre los ríos Paraná y Uruguay. Los
obrajes se multiplicaron por doquier, debido a la apertura constante
de rutas y caminos que atravesaban el monte. Así se sumaron a la
explotación el palo rosa y la araucaria. Luego que fueran abatidos
cientos de "gigantes de la selva", el aprovechamiento se extendió a
otras especies, como el timbó, el guatambú y el anchico.
Al desmonte le siguió la agricultura y ganadería de subsistencia,
con lo que la selva fue borrada para siempre. Como es lógico
suponer, el impacto sobre la fauna, al verse privada de su refugio y
fuente de alimentos, fue dramático. Algunas especies desaparecieron
o se hallan próximas a la extinción (ver recuadro) y muchas otras
han quedado "rodeadas" de pueblos y caminos. Ante este panorama,
iniciativas como la del "corredor verde", que convertiría en Reserva
de la Biósfera Internacional a más de 1.000.000 de hectáreas,
deberían contar con el apoyo inmediato de los organismos oficiales
correspondientes. LOS QUE SE FUERON Algunas
especies animales extinguidas o próximas a desaparecer de la selva
misionera:
Perezoso gris
Guacamayo azul
Guacamayo amarillo
Guacamayo rojo
Lobo gargantilla
Perro del matorral
Águila
harpía
Pato serrucho
Hocó oscuro
Águila
monera
Charao
UNA NOCHE CON EL TIGRE El guardaparque Ricky
Freyer cuenta que una vez acampó junto a otros tres guardaparques
cerca de un obraje, y a cada rato se llamaban a los gritos con los
obrajeros. A la noche, Ricky se quedó solo, fumando el último
cigarrillo enfrente del fuego. Cuando ya el cansancio lo vencía, oyó
el grito: "Uh", en pleno monte. Se metió en la carpa. A los tres
minutos, otra vez el grito: "Uh", esta vez más cerca. La voz era
humana, pero a Ricky le pareció raro que fuera alguien del obraje a
esa hora. El grito se fue repitiendo, cada vez más cerca. "Es el
tigre", pensó. Estuvo por avisarle a los demás, pero se quedó a la
expectativa. "Cuando anda el tigre, la selva se calla", dice ahora.
Pero de esa noche no recuerda la detención de los sonidos, sino el
latido de su corazón, y el llamado repentino: "Uh", junto a su
carpa, que lo dejó frío. El gruñido se oyó después, junto a los
baldes de agua. El resto fue un silencio macizo, tímidamente
invadido por el ulular de los insectos. Al otro día, ése fue el
comentario en la rueda de mate. Los rastros del yaguareté delataban
un tamaño respetable. Todos habían estado despiertos, cuidándose de
no hacer el menor movimiento.
Francisco Olaso ABRIENDO CAMINO EN
ESMERALDA Machete en mano, subidos al paragolpes del
Unimog, los guardaparques Ricky Freyer y Claudio Maders abren camino
a destajo. Arbustos que ya son árboles han cerrado la antigua
huella, que comunicaba la estación de guardaparques con la Ruta
Provincial 21. Reabrirla es el objetivo de la travesía que
presenciamos. "Los madereros llamaron Esmeralda a esta zona, porque
desde el aire la imaginaban como la piedra: verde y valiosa",
explica el jefe zonal de guardaparques, Daniel Kurday. Hoy, décadas
después, casi no quedan ejemplares centenarios de cedro misionero,
guatambú, anchico o incienso.
Después de atravesar el arroyo Florida, la vegetación se cierra.
Lo que no puede el machete o el paragolpes del Unimog, queda para el
frondoso tronco de paraíso que, enganchado a manera de remolque,
barre camino a nuestras espaldas. Sobre el mediodía llegamos al
lugar donde estuvo ubicado el aserradero. La presencia humana dejó
un monte paupérrimo llamado capuera.
Tras el almuerzo, el avance se hace lento. Sólo a veces aparece
la selva en su esplendor, y uno disfruta de un manchón de palmeras
pindó, o de las hojas del güembé trepadas a la copa de un alecrín.
Acampamos al caer la noche. El coro de insectos se funde con el
sueño. Al amanecer, Ricky prepara el desayuno: un tradicional
reviro, hecho con harina, aceite y azúcar. Después de un renovado
macheteo, llegamos al arroyo Yabotí cerca del mediodía. Sobre la
costa hay huellas de carpincho y de tigre. En la otra orilla se ve
proseguir el camino limpio. Objetivo cumplido: los guardaparques no
ocultan su contento.
Durante el tranquilo regreso, a ambos lados puede verse que
Esmeralda sigue siendo verde y valiosa. Este monte simboliza el
lento renacer de la biodiversidad perdida. Kurday va más lejos: "A
pesar del daño, es importante mantenerla como área protegida, porque
su riqueza faunística no existe en ningún otro parque provincial."
Francisco Olaso |