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Andaba el jaguar cazando, armado de arco y flechas, cuando encontró una sombra, quiso atraparla y no pudo. Alzó la cabeza. El dueño de la sombra era el joven Botoque, de la tribu Kayapó. Casi muerto de hambre en lo alto de la roca.
Botoque no tenía fuerzas para moverse y apenas si pudo balbucear unas palabras. El jaguar bajó el arco y lo invitó a comer carne asada en su casa. Aunque el muchacho no sabía lo que significaba la palabra "asada", aceptó el convite y se dejó caer sobre el lomo del cazador.
- Traes el hijo de otro- reprochó la mujer.
- Ahora es mi hijo dijo el jaguar.
Boloque vio el fuego por primera vez. Conoció el horno de piedra y el sabor de la carne asada de tapir y venado. Supo que el fuego ilumina y calienta. El jaguar le regaló un arco y flechas y le enseñó a defenderse.
Un día Boloque huyó. Había matado a la mujer del jaguar.
Largo tiempo corrió, desesperado, y no se detuvo hasta llegar a su pueblo. Allí contó su historia y mostró los secretos: el arma nueva y la carne asada. Los Kayapó decidieron apoderarse del fuego y él los condujo a la casa remota. Desde entonces, el jaguar odia a los hombres.
Del fuego, no le quedó mas que el reflejo que brilla en sus pupilas. Para cazar, sólo cuenta con sus colmillos y garras, y come cruda la carne de sus víctimas. |